Para nada es malo soñar y dejar que la mente
desarrolle imágenes que cautivan los sentidos y de alguna manera misteriosa
aumenta nuestra autoestima; el problema está en que al soñar deseamos, y al
desear se crea en nosotros la necesidad de hacer los sueños realidad.
Y se
que dice por ahí que la inspiración de Dios es todo aquello que nosotros
deseamos, pues si Dios nos da la capacidad para desear algo, también nos da la
capacidad para hacerlo realidad. Solo que generalmente deseamos cosas que hacen
daño, porque son las cosas más fáciles de realizar; sin embargo cuando nuestro
deseo por algo nos trasciende en todo el ser, es entonces cuando la dificultad
para concretizar se vuelve toda una hazaña.
A
veces es por flojera, en otras ocasiones es porque nos volvemos un tanto
introvertidos, que no queremos llamar la atención, porque preferimos ser
desconocidos para el mundo, vivimos la vida con una actitud PASIVA.
Es
como si prefiriéramos vivir en la oscuridad donde nadie conozca realmente lo
que somos, un tanto por el miedo de volvernos indefensos ante las personas que
solo se dedican a criticar por la envidia de detectar la felicidad que ellos no
tienen; y otro tanto por una falsa humildad que queremos “demostrar”.
Solo
digo que no hay que avergonzarnos por que deseamos la paz mundial, la unidad de
todos los seres humanos, la justicia perfecta, ser el mejor en la clase, amar
desinteresadamente a los que nos hacen daño, ser maduro, prudente, consciente.
Imaginemos
un mundo sin el deseo utópico de la Madre Teresa, de Juan Pablo II, Mahatma
Gandhi… Imaginemos el mundo si ellos hubieran preferido ocultar su deseo, su
sueño, y por esa razón hubieran dejado de hacer todo lo que hicieron.
Reflexionemos: si Jesús no hubiera aterrizado
su sueño, tú ni yo, ni nadie estaríamos salvos.
Dios
coloco en cada uno de nosotros una misión muy importante, única, irrepetible;
nos ha confiado algo muy grande, y de eso no hay que dudar, aunque para los
ojos humanos todo se achica no quiere decir que sea poco lo que tenemos por
encomienda.
La
misión de una madre o padre, tal vez tan normal, tan repetitiva, pero crucial
para fortalecer las estructuras sociales, es solo un ejemplo de que no siempre
le damos el valor que merece a las cosas, personas, situaciones.
Podemos
seguir pensando que en la vida solo tenemos que nacer, crecer, reproducirnos,
morir, y hasta aquí, ya no hay nada más. Pero si tu como yo crees que hay algo
más entonces dile al mundo que sueñas y sin miedo a nada construye tus sueños
en algo sólido, digno de recordar, digno de admirar; porque todos nos exigimos
“poner nuestro granito de arena”.


Publicar un comentario
Gracias por dejar tu comentario...